La seguridad nacional en México enfrenta un desafío que va más allá de generar información: consiste en encontrar conexiones dentro de ella. De acuerdo con datos del Índice de Paz de México, la tasa de delincuencia organizada ha aumentado 64.2% en los últimos años. Al mismo tiempo, las instituciones de seguridad y procuración de justicia generan enormes cantidades de información: reportes de campo, registros financieros, antecedentes, datos sobre vehículos, teléfonos, personas y organizaciones.
México cuenta con múltiples instituciones involucradas en seguridad nacional, entre ellas la Secretaría de la Defensa Nacional, la Secretaría de Marina, la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana y el Centro Nacional de Inteligencia. A ellas se suman dependencias como la Fiscalía General de la República, el SAT y la Unidad de Inteligencia Financiera. Cada una aporta piezas distintas de información. Cuando esas piezas permanecen aisladas, identificar una relación entre personas, acontecimientos u organizaciones puede tomar días o semanas y depender, en buena medida, de búsquedas manuales y de la experiencia individual de los analistas.
De datos dispersos a conexiones
Tecnologías como el machine learning y el procesamiento de lenguaje natural permiten analizar información estructurada y no estructurada, identificar nombres, ubicaciones y relaciones, y cruzar datos provenientes de distintas fuentes. El objetivo no es simplemente almacenar más información, sino encontrar conexiones que difícilmente podrían detectarse revisando cada registro por separado.
Por ejemplo, una persona puede aparecer relacionada con un vehículo en una base de datos, con un número telefónico en otra y con determinados registros financieros o antecedentes en una tercera. Integrar estos elementos permite construir una visión más completa de individuos y organizaciones, así como visualizar redes, líneas de tiempo y otros patrones.
Esta capacidad también puede reducir los tiempos de investigación. De acuerdo con las capacidades de SAS, sus herramientas pueden ayudar a identificar sospechosos en menos de 10 minutos, incluso cuando son utilizadas por agentes con poca experiencia. La tecnología, en este sentido, no sustituye al investigador. Puede funcionar como una herramienta para ampliar su capacidad de búsqueda y reducir el tiempo que dedica a procesar información.
El reto no termina en la tecnología
Existen ejemplos internacionales que muestran el potencial de este enfoque. En Delaware, Estados Unidos, una fuerza policial logró resolver un caso de asaltos violentos al cruzar la descripción de un vehículo con registros previos y bases de datos criminales. En Virginia Occidental, la integración de información dispersa permitió reducir tiempos de análisis de semanas a días y facilitar la colaboración entre agencias.
Pero trasladar ese tipo de capacidades a México implica enfrentar un desafío previo: la coordinación institucional. Una herramienta puede analizar millones de registros, pero no puede encontrar conexiones en información a la que no tiene acceso. La calidad de la inteligencia depende, por tanto, tanto de las capacidades analíticas como de la disponibilidad y el intercambio oportuno de datos.
En este contexto, iniciativas como la Plataforma Central de Inteligencia buscan consolidar información y facilitar su utilización entre distintas agencias. Su efectividad dependerá de que las instituciones puedan compartir información y trabajar con objetivos comunes.
La inteligencia artificial puede convertirse entonces en una segunda capa de capacidad: una vez que los datos están disponibles, permite procesarlos, cruzarlos y detectar patrones a una escala difícil de alcanzar mediante procesos exclusivamente manuales.
La oportunidad está en anticiparse mejor
La conversación sobre IA y seguridad nacional suele centrarse en la tecnología. Sin embargo, el cambio más relevante podría estar en la forma de tomar decisiones. Analizar grandes volúmenes de información en menor tiempo permite pasar de búsquedas aisladas a una visión más conectada de personas, organizaciones y acontecimientos. También abre la posibilidad de identificar patrones y señales que ayuden a orientar las investigaciones antes de que se conviertan en procesos más largos y complejos.
Eso no significa que la inteligencia artificial pueda predecir automáticamente el delito ni que sustituya el criterio de las instituciones. Su valor está en otra parte: ayudar a convertir información fragmentada en inteligencia que pueda utilizarse de manera oportuna.
Para México, el desafío no consiste únicamente en incorporar nuevas herramientas. Consiste en construir las condiciones para que los datos que ya existen puedan hablar entre sí. Porque en seguridad nacional, acumular información es apenas el comienzo. La verdadera capacidad está en encontrar las conexiones que importan y convertirlas, a tiempo, en decisiones.